No podía soportar una noche más así.
Eran las 3:47 AM y estaba otra vez paseando por el pasillo, balanceándome de un lado a otro como una especie de zombi. Mi marido dormía profundamente, claro que sí. Él no sentía lo que yo sentía.
Ese hormigueo. Ese zumbido. Esa necesidad profunda dentro de mis huesos que me hacía querer arrancarme las piernas.
Estaba en el pasillo oscuro de nuestra casa de Lakeland, con lágrimas corriendo por mi rostro, rogándole a Dios solo treinta minutos de paz.
Solo treinta minutos en los que mis piernas se quedaran quietas.
Eso era todo lo que quería.
Llevaba viviendo esta pesadilla 18 meses.
Cada noche, en el momento en que intentaba relajarme, mis piernas me traicionaban. Comenzaba alrededor de las 10:30 PM como un reloj. Me metía en la cama agotada, me tapaba, cerraba los ojos... y entonces empezaba.
El cosquilleo. La sensación de hormigueo. La abrumadora necesidad de moverme.
Las personas que no tienen el síndrome de piernas inquietas no pueden entender. Piensan que son solo "piernas inquietas". Te dicen que te estires o bebas agua o "simplemente relájate".
Pero no es tan simple.
Es una tortura.
Se siente como si insectos estuvieran arrastrándose bajo tu piel. Como si tus huesos estuvieran vibrando. Como si algo dentro de ti gritara por salir, y la única forma de callarlo es levantarse, caminar, pasear, moverse, cualquier cosa menos quedarse quieto.
Así que me levantaba. Iba a la sala de estar. Me estiraba. Me sentaba en el suelo y me balanceaba. Volvía a la cama. Lo intentaba de nuevo.
¿Y treinta minutos después? Volvía a empezar.
Me levantaba de la cama de 6 a 9 veces cada noche.
Mi marido no entendía. "Solo intenta dormir", decía, dándose la vuelta. Pero ¿cómo podía explicarle que mi propio cuerpo no me lo permitía?